lunes, 22 de junio de 2009
De Pulgosa: "And I see you've made your choice"
Vi al cura de turno con su sotana blanca que dejaba entrever la camisa de asadodedomingo que tenía puesta abajo. La azafata pregunta desde la puerta del garage si podemos empezar con el servicio, pero no, porque todavía falta que llegue el pastor (católicos de turno, never pero never. Esto parece un chiste de Muleiro, pero, onda: una pareja de judíos -no ortodoxos, claro-, otra de testigos de jehová y otra de capitalistas salvajes se juntan en el entierro de una evangelista. Entonces, una le dice...).
El tema con los cementerios privados es que te cierran todo de una manera tan ascéptica que no sabés si estás, de hecho, en un entierro o viendo un documental sobre carnes kosher al vacío. Porque esperar a que pongan la tela esa horrible de pasto sintético después de que tres tímidos tiraran los pétalos de rosa que la azafata ofrecía es ¿cómo decirlo? demasiado poco dramático. Te moriste. Ya es demasiado con que se te haya apagado la tele que, encima, te tengan que tapar con plástico. Por lo menos en los entierros en cementerios municipales el asunto se termina de verdad, porque no sólo *todo se termina cuando canta la gorda* si no que todo termina cuando volviste a la tierra (o a la jaula de las jirafas, cuan Juan Castro) y todo se termina cuando *te entierran*. La tierra tiene que caer sobre el cajón y tienen que golpear las piedras por cada uno de tus hijos (vivos y muertos). Otro montón tiene que golpear por tu marido, otro por los trescientos médicos que visitaste, otro por el médico que justo tendrías que haber visitado, otro por tus ex nueras que -¿quién lo hubiera dicho?- fueron a verte, otro por todas las veces que no quisistes verlas y las alejaste y puteaste. Otro montón de tierra que caiga sobre el cajón y te vas a haber olvidado del hecho que de 40 personas que fueron a tu entierro, 10 eran familia, 28 fueron amigos de algún miembro de la familia y sólo 2 -DOS- fueron por *vos*. Te hubiera tirado mi manojo de tierra por todas las veces que me dijiste que fui el bebé más feo que habías visto, por cuando me quisiste evangelizar y convencer de que el color rojo era el color del demonio -en la casa de mamá teníamos una cocina con azulejos rojos y no entré ahí por dos meses-, por todas las veces que estrellada desde el piso me mirabas de reojo desde tu hombrera y me decías que vuele alto. Y otro manojo por el jugo de naranja, los saleritos, las carteras, el puchero y el sandy de chocolate en la heladera. Otro por el puesto de reina madre del clan que queda vacío.
Y el último por ser una familia tan digna de vos: nos vamos a la casa del tío. Comemos empanadas mientras ponen Diana Krall. Tomamos cerveza en copa de degustación. Hablamos de lotes en barrios privados. Decidimos que Mery y yo vamos a tu casa el martes a embalar las cosas. No tenemos idea de qué hacer con la gata.
Prendo un cigarrillo delante de mi familia por primera vez. Por lo menos, te tendría que haber tirado tierra por la cara de indignación que no vas a poner.