martes, 23 de junio de 2009

De una colaboración en época de comillas

Creo que los encuentros cercanos con la familia de gitanos de arena y el reflejo en los oasis que instalan en sus zótanos y antros es el momento en el que decidís irte o quedarte.

Nuestras gitanas cuentan historias increíbles de conjuros, artilugios, amuletos, encuentros con las fuentes de, ponele, *todo* (no me acuerdo a quién le dije el otro día algo que no me acuerdo). Pero bueno, nuestras gitanas, si bien las queremos como nuestras, son sucias: si se bañan en nuestras duchas dejan rastros negros, que todavía me pregunto si no era mal de ojo expulsado, estancándose en el sarro de la bañera. Porque cuando conocés a una gitana, tené en cuenta que de alguna forma van a querer llevarte a su grupo, porque son un grupo de familias construidas.

Mucho tiempo las critiqué por escapistas, porque si bien a mí no me tocó me contaron que suele existir una suerte de vínculo incondicional de la sangre que todo lo puede, todo lo perdona, aunque no lo entienda. No me hizo falta que me llevaran los gitanos para entender que la sangre que nos une es la sangre que hierve por el otro, el que amás. Y en el caso de los gitanos, los une la gota de sangre que sale cuando se sacan la jeringa, el chorro que sale de la fosa izquierda, lo que queda entre las uñas y canutos.