Como que no me gusta apagar la luz cuando me voy a dormir, porque es todo así como tan terminal, todo tan "te vas a dormir" y zácate, mañana llega la mañana y hay que levantarse y hay que seguir. No, no me gusta apagar la luz. No me gusta que se acabe, no me gusta que todo termine para irme a dormir. Porque sí me encanta irme a dormir, pero irme a dormir quiere decir que en algún momento voy a tener que despertarme y escuchar a peña hablando de tiburones fucsia y levantarme y bañarme y alimentar a las fieras, ir a trabajar.
Por eso me gustan las mesitas de luz. Con veladores. La luz de los veladores. Y me gusta la palabra velador. También me gusta decir cus cus. La luz de los veladores que siempre implican ojos que leen, miran el techo, se entrecierran molestos, quieren fumar.
Y me siento mejor.
La compu ahora está en el living, ya no la tengo conmigo ni a su luz más acotada, en el cuarto y si bien eso es buena señal (señal de nena grande e independiente que trabaja, compra lavandina desinfectante y hace todas las cosas que hace una persona grande como tener la computadora en el living o en un ambiente separado a su cuarto) ya ni cuenta, la pobre. Pobre. Y sí, pobre. Porque si bien me libero de las personas con una facilidad de llame ya, no, mis cosas, mi computadora, mi gato chino y estatua del quijote y buda, no, los quiero, son pobrecitos, se quedan conmigo, si no quién los va a querer, quién los va a poner en sus mesitas.
El sueño me va ganando y me llega, y quiero y no quiero. Quiero y no quiero.
Siempre lo mismo.